Mictlan

LA CREACIÓN DEL HOMBRE DE MICTLAN

En el mundo náhuatl prehispánico, la muerte tenía paradójicamente una función vital. No se oponía, como en una perspectiva cristiana (y más generalmente occidental), a la vida, sino que era una parte constitutiva de ésta. En efecto, para entender de manera empática lo que representaba la muerte para los indígenas en tiempos anteriores a la conquista, es preciso distinguir claramente la “existencia” y la “vida”, así como definir la relación de la muerte con ambas.

Según se desprende de la cosmología náhuatl de la muerte, la existencia (nemiliztli) y la muerte (miquiztli) son verdaderos “latidos” de la vida (yoliztli). Del nacimiento al fallecimiento el ser “anda” (nemi). En la muerte, recorre el inframundo para regenerarse de algún modo en las entrañas maternas del Mictlan. La muerte es parte de la vida, y se opone dialécticamente a la existencia como la diástole a la sístole en el latido cardíaco. En un contexto cultural náhuatl prehispánico, no había vida posible sin una muerte regeneradora y genésica.

 

La creación del hombre en el inframundo

El inframundo, Mictlan literalmente “lugar de los muertos”, es ante todo la tierra donde se inhuman los cadáveres o las cenizas de los cuerpos incinerados, y de donde brota la vegetación y el alimento que nutre a los hombres. La fertilidad de la tierra se extendió, por analogía, a la esfera religiosa y suscitó la idea de Tierra-madre, vientre fecundo en el que se regeneraba el ser y a donde regresaba inexorablemente después de
un efímero andar existencial.

Esta coincidencia del principio y del fin, del alpha y del omega, en la temporalidad cíclica indígena, hizo que el imaginario nativo fundiera en una entidad genésica el elemento telúriconocturno de donde sale la existencia y a donde regresa. El Mictlan representa el espacio-tiempo donde impera Mictlantecuhtli, el señor-muerte, pero es también el vientre materno de Coatlicue “la de la falda de serpiente” o Cihuacóatl “la
mujer serpiente” o “serpiente hembra” que dio a luz al sol y en cuya dimensión éste se regenera periódicamente. El mito de la creación del hombre sitúa, de hecho, la gestación del ser humano en el Mictlan, una vez que el dios uranio Quetzalcóatl hubo rociado con la sangre de su pene los huesos molidos por la diosa-madre Quilaztli, alias Cihuacóatl. La existencia humana resultó de la fecundación de los huesos por la sangre (con valor espermático) de Quetzalcóatl, dentro del inframundo. En cuanto al espíritu del hombre, un análisis del mismo mito parece indicar que éste se generó cuando Quetzalcóatl-Ehécatl, después de algunas peripecias, sopló en su caracol y produjo el sonido primordial. Esta luz sonora en las tinieblas del inframundo es el tonalli2 , el principio anímico que mueve el ser indígena. El sonido producido por el soplo (masculino) de Quetzalcóatl que atraviesa los meandros (femeninos) del caracol, estableció un modelo mitológico ejemplar que se siguió en los ritos mortuorios. En efecto, entre otras actividades litúrgicas, los cantores que oficiaban en las exequias tocaban los caracoles (tecciztli) para reforzar o regenerar el tonalli del finado.

El descenso de Quetzalcóatl al inframundo constituye una penetración hierogámica3 de la tierra por el cielo cuyo resultado es la creación del ser humano. Así concebido en las entrañas de la muerte, el ser nace en el Este, tiene su apogeo en el C venit de su ciclo, desciende y muere como un sol poniente en el Oeste. Si bien dejó de existir, su vida prosigue con la descomposición de su cuerpo en el inframundo, (comido por Tlaltecuhtli) la cual culmina, después de cuatro años, cuando los huesos se ven totalmente despojados de carne y tendones. Se consideraba entonces que el hombre había terminado de morir y que la remanencia ósea de su ser estaba lista para una nueva fecundación.

El vientre de la mujer preñada: Mictlan

Así como el Mictlan constituye el espacio donde se gesta la existencia, el vientre de una mujer era considerado como un inframundo fecundo. Esto se desprende de diferentes contextos culturales, en lo particular de los discursos que las parteras dirigían a las mujeres embarazadas. El libro VI del Códice Florentino contiene uno de estos discursos. Al evocar el niño por nacer, la partera dice lo siguiente: Ipampa ca oc Mictlan ca oc yohuayan in tontlahtoa. 4.

Porque hablamos de lo que está todavía en el Mictlan, en la noche.

El vientre que abriga al niño por nacer es Mictlan, lugar a donde se dirigen los difuntos pero ante todo, lugar de donde brotan los seres. La estrecha relación que se establece entre el vientre materno y la muerte en el pensamiento náhuatl prehispánico se manifiesta también en la convergencia lingüística que existe en náhuatl entre la cueva óztotl y el embarazo ótztic, y traduce una asimilación, a nivel de las ideas, de la cavidad en la que se gesta el niño a la oquedad de la tierra donde se entierra al difunto. GM

 

1 El vocablo Mictlan se compone de Mic- que remite a los muertos (micca) y de –tlan que implica un nivel
inferior sobre un eje vertical.
2 Además del principio anímico o “alma”, el vocablo tonalli refiere precisamente la luz del sol.
3 Unión sexual entre entes divinos.
4 Códice Florentino, libro VI, capítulo 27.

 

Patrick Johansson K.Patrick Johansson K
Instituto de Investigaciones
Históricas, UNAM